“Ya estamos cansados de que cada vez que alguien habla de nosotros, salga el coro de la cárcel“. La frase resonó en un aula de la prisión de Navalcarnero. Una treintena de internos asintió. El improvisado portavoz prosiguió en voz alta “Siempre que sale la cárcel en un reportaje se da la imagen de que esto es un sitio bonito, donde estamos muy bien. Y eso es mentira“. Otro compañero tomó el relevo: “En mi pabellón están metiendo a todos los locos y nos está dando muchos problemas”. “Y la comida que nos dan es una mierda“. La última queja llegó de un chileno entrado en años. Consigue alzar la voz tras diez minutos de espera. Un compañero deportado de Colombia le interrumpe: “¿Quieres saber cómo es en realidad una vida en la prisión, pues yo te lo voy a decir: vivimos dos personas en una celda de dos por ocho metros, con una mesa enana y un aseo. Estas celdas estaban pensadas para una sola persona y les pusieron literas. Ahora Navalcarnero tiene el doble de internos ¿por qué nadie cuenta eso?”
Yo, callado, escuché y apunté los datos de cada testimonio. Fue una terapia. Sobre la mesa quedó la charla que llevaba preparada: “Comunicación Política Aplicada al Proceso de Voto”. Leí tan sólo dos párrafos. Había cosas más importantes que decir. Y las dijeron ellos. “¿Por qué la gente no se preocupa de cómo estamos aquí? A los políticos me refiero. Nosotros también somos votos. Y nuestras familias también lo son”. La pregunta sonó a lamento sincero. La respuesta también: “Te voy a hablar muy claro. Y espero que eso no te ofenda. Creo que es mucho más rentable para un político dar una imagen fuerte y endurecer el régimen carcelario en lugar de preocuparse por vuestros derechos. Además la gente no os ve como iguales. Piensan: si están ahí, algo habrán hecho. Pues que se jodan“.
Salí del encuentro con la tripa revuelta y el peso de conciencia de aquellas realidades que los periodistas no contamos. Salí con el sentido de ser una herramienta del sistema. Un sistema que pone reposabrazos en mitad de los bancos de Madrid para que los sin techo no duerman en ellos, que se preocupa por erradicar los mercados de la droga en los núcleos urbanos y los permite en las zonas deprimidas del extraradio, y que fomenta constantemente las diferencias entre ciudadanos con fines políticos. Antes de llegar, me perdí por Navalcarnero. Ni un sólo cartel me ayudó a llegar a la cárcel. No había ni un sólo indicio de que a escasos kilómetros del pueblo residen 1.400 internos. Y lo mismo pasa en los medios. En este mundo, “Si algo no sale en la tele, no existe“. Por lo que a mi respecta, mea culpa.

