La Justicia ha hablado. Y ha dicho sin rodeos que la presentadora Ana Rosa Quintana es inocente, que todo su equipo está libre de sospecha y que Isabel García, la esposa del asesino Santiago del Valle, acudió libremente al programa “AR” de Telecinco “porque le hacía ilusión”. Allí, tras años de permanecer callada, tras declarar en el juicio una versión contradictoria, tras ser entrevistada en varios medios de comunicación y tras las preguntas del periodista Nacho Abad, la mujer reconoció públicamente que su marido mató a la niña Mariluz. Y se armó la gorda.
No voy a hacer una defensa a ultranza del programa: primero porque es público y notorio que yo colaboro en él. Y segundo, porque ya no hace ninguna falta. Para eso están los jueces. Pero tampoco negaré que el episodio me ha hecho pensar en los límites del periodismo. Seré sincero. Hay veces que las realidades que contamos son tan duras, tan demoledoras, que no hay forma de dulcificarlas. De hecho, ni siquiera creo que sea beneficioso. Publicar o no los ataúdes de los soldados en Irak. Relatar o no el testimonio de una menor obligada a mantener durante meses relaciones sexuales con ancianos. Mostrar a una señora llorando en un plató tras el asesinato de su hijo son relatos tachados de periodismo amarillo. Pero no dejan de ser una realidad. Espeluznante, lamentable, dura. Pero por desgracia, una constante del mundo en que vivimos.
Cada vez tengo más claro que en estos casos, existe menos telebasura y más negación por parte del espectador a recordar que el ser humano es capaz de ser atroz. Y que estas cosas no son un caso aislado. Nadie quiere ser molestado en su sofá, alterado en su lugar seguro por el llanto de una madre, por la descripción de un crimen delirante o por el recuerdo de que -en ocasiones- degenerados sexuales andan por la calle en busca de presas. Incomoda el susurro inherente del “te puede pasar a tí”. Y por eso preferimos empatizar con Guardiola o Mouriño, disfrutar de los triunfos de la selección, prestar atención al clima que hará este fin de semana y, como mucho, tomar partido por uno de los bandos del litigio Esteban-Janeiro. Nadie reconocer que preferimos vivir una falsa sensación de seguridad. Dulce ignorancia. Pero no lo olvidemos. En la guerra muere gente, el dolor de una madre que ha perdido un hijo nunca termina y a pocos kilómetros de su casa, existen lugares donde las mujeres son tratadas como ganado. Por mucho que nos joda que a veces nos lo tiren a la cara. Olvidar eso sí que es periodismo amarillo.


