Solidaridad detrás de las cámaras

El día que conocí a Berni, él bajaba unas escaleras recién llegado de la calle. Su primera frase me llegó al alma. “Coño, juegas al Call of Duty“. A los pocos minutos, los dos estábamos enganchados a la consola, él vestido de civil, y yo ataviado como uno de los cantantes de Camela. No era el único disfrazado. A mi derecha Esperanza, gallega ella, imitaba con calidad sorprendente la voz de Rocío Jurado con una guitarra de plástico colgada al cuello.

La escena parece banal pero no lo es en absoluto. Y menos desde ayer, cuando una treintena de energúmenos intentó linchar a los dos periodistas en Sacedón mientras cubrían la fiesta taurina. Me costa que fueron horas tensas en la redacción de Telecinco, con las noticias de su compañero en el hospital y preocupación por sus heridas.  Sin paños calientes. Esos animales tiraron al cámara por un barranco. Valiente turba de cobardes.

Matar al mensajero es un deporte muy practicado en este país: lo sabemos bien quienes estamos cada día en la calle.  No es fácil ser portador de malas noticias y basta con informar desde un poblado chabolista después de un asesinato por drogas para comprobarlo.Por eso hago esta reflexión y describo esta escena. Berni y Esperanza, como tantos otros compañeros, son personas con nombres y apellidos. Dos profesionales con un trabajo público y una vida privada, sin más interés que el contar historias y comer de eso que llaman ser periodista. Estaban allí como meros espectadores, relatando al mundo lo que en Sacedón pasaba. ¿Que la fiesta del toro es inofensiva? Dejen que el mundo lo vea. Quienes intentaron licharles se retrataron como animales y ellos como lo que son: dos profesionales. Vaya desde aquí mi más sincera solidaridad.

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