Detener a un político en este país se ha convertido en un deporte de riesgo para la Policía Nacional. Lo vimos la pasada semana en Alicante con el arresto del presidente de la Diputación, José Joaquín Ripoll, y lo veremos en próximos episodios de la corruptela nacional. Y es que la politización de la Justicia trae estas cosas. Que quede claro. La policía tiene autoridad legal para detener a cualquier persona sin órden judicial en una investigación en curso. Así lo dicta la Ley de Enjuiciamiento Criminal. Y eso sucede todos los días y a todas horas. Imaginemos por ejemplo una intervención sobre narcotráfico. La policía entra al asalto en un barco nodriza cargado con diez toneladas de coca y detiene a todo el que esté a menos de 500 metros de la droga. Sin más problemas. No entro a valorar si esto ético o no, si está bien o mal. Pero es legal.
En el caso de la clase política, la cosa cambia. Parece que los cargos electos de este país merecen -una vez más- una especial protección. Como si un ciudadano anónimo no tuviera derecho a cuidar su imagen. El Partido Popular ha acuñado incluso el término “Pena de Telediario” para identificar el escarnio que sufre un político cuando es detenido. Vamos por partes. Primero, la legislación española ya contempla protección especial para varios cargos electos, en especial diputados y senadores, frente a la Justicia. A los ojos de la policía, un alcalde es exáctamente igual que cualquier otro ciudadano. Y así debe ser, ya que así está pactado por las leyes, las reglas del juego que rigen el consenso social. El presidente de la Diputación de Alicante es exáctamente igual frente a la Justicia que cualquier otro votante. Se siente. Y sobre la “pena de telediario”, es cierto que posiblemente sea la única reprecusión punible y palpable de este tipo de investigaciones. Pero la culpa no es de la policía, sino de que el señor Carlos Fabra lleve siete años imputado en el juzgado de Nules (Castellón) sin dilucidar sus sospechas sobre enriquecimiento ilícito. En esos casos, por vergonzante que parezca, al ciudadano sólo le queda el consuelo de la “pena de telediario”.

Asisto atónito a la polémica por la nueva Ley del Aborto. Y es que ahora, por extraño que parezca, delante de 40 millones de Españoles, el Estado se ha declarado insumiso. Insumiso de sí mismo. Lo que me faltaba por ver.
