La frase sirve de titular para un reportaje de esta semana en Interviú. La banda terrorista ETA se rompe. Y cuando una bestia está herida, da sus peores zarpazos. Tras la Declaración de Alsasua y las continuas fisuras dentro de las prisiones, el nucleo duro de ETA aparece tocado. Los especialistas españoles en la lucha contra ETA son certeros: el 80% de los presos y el grueso de la izquierda abertzale apuesta sin fisuras por dejar las armas. El problema es que en la calle quedan los más radicales. Aquellos evadidos de la Justicia española y con capacidad para matar.
En la mente de todos está el funesto ejemplo de Irlanda del Norte. Tras años de negociaciones y en el último tramo para que el IRA abandonara de forma definitiva las armas, un coche bomba explotó en la localidad de Omagh. Era 15 de agosto de 1998 y el IRA auténtico, una escisión de los norirlandeses radicales, asesino a 29 personas en el atentado más letal que ha vivido el conflicto de Irlanda del Norte. Aquel día fallecieron católicos, protestantes, ingleses e irlandeses, mujeres y niños. Entre las víctimas había dos españoles. Uno de ellos, Fernando, tenía sólo 12 años. El miedo a una escena parecida es la que movió al ministro del Interior a alertar de un posible atentado. Por suerte la Guardia Civil y la Policía Nacional se emplearon a fondo.

