No conozco de nada a Jacobo G. García. Ni como persona ni como profesional. He seguido sus crónicas sobre Haití junto con las de otros dos colaboradores que El Mundo ha desplazado a la zona. Y han sido correctas. Sin embargo, esta mañana me encuentro con esto: Periodistas ¿o niños de papá? El texto es una crítica a “la tribu”, esa parte del periodismo español que se desplaza a las zonas de conflicto, donde el autor critica a 20 periodistas españoles por viajar a Haití en un avión de la Agencia Española de Cooperación y la falta de preparación de algunos para lidiar con las situaciones de violencia que se viven en la región.
Sin embargo, el ejercicio de crítica se convierte -según mi opinión- en una búsqueda por llamar la atención lleno de lugares comunes. Una necesidad de diferenciar al rambo del periodismo de los reporteros de salón. al grito de “Porque yo lo valgo”. Es verdad que en la prensa, como en todas las castas, hay de todo. Pero hay algunas cosas que me gustaría puntualizar. ¿que los reporteros utilicen un avión oficial para viajar a la zona? Normal. No todos los medios españoles tienen fondos como para lanzar a un equipo de su propio bolsillo en una zona como esa. Pero no hay que olvidar que esos reporteros están allí para cumplir con una función pública. Van a Haití para enseñar a la población española la situación real de la zona. Y es así como luego se conciencia a la gente y empiezan a llegar las ayudas. Si entendemos la información como un derecho fundamental, es normal que el Estado la garantice de forma plural.
Otra de las críticas del autor del texto es la falta de preparación de parte de los periodistas que forman el grupo español. Habla de gente llorando, sin agua, sin dinero… pero no habla de las crónicas que esas personas envían a sus medios en España. No habla del resultado de sus trabajos, que posiblemente sea al menos tan lucido como en de El Mundo. Y puede que mejor. He visto en muchas ocasiones cada tipología de periodista criticada por Jacobo G. García. Y puedo asegurar que las apariencias engañan.
Conozco desde hace años a dos reporteras glamurosas, dos Zipi y Zape del periodismo español -una rubia y otra morena- . Si alguna vez ven a una guapa reportera en Las Barranquillas, rodeada de barro y con botas de caña y tacón de aguja, es una de ellas. Antes muerta que sencilla. Cualquiera diría que así no van a la vuelta de la esquina. Pues bien. Ambas llevan años -ahora en distintos equipos- enseñando el lado más oscuro de la sociedad española. Y son capaces de mojar a oreja al más aguerrido rambo de postal.
Sobre aquello de ir poco preparado a los sitios -en cuestiones de intendencia me refiero- cabe recordar a varios freelances que llegaron al Hotel Palestina de Bagdad en un coche alquilado y sin dinero para la vuelta. Aunque suene increíble, hay gente que vive esta profesión de tal forma que hace esas cosas por vocación. Muy buena gente. La cosa se arregló cuando uno de ellos se encontró un puñado de dólares en el baño del hotel. Y tuvieron para volver a casa.
Es cierto que en la profesión hay mucho turismo de catástrofe, mucho ego enlatado y mucho tunante. Pero llama la atención que tras varios síismos, miles de muertos y un país devastado, un periodista no encuentre nada más importante para contar que las miserias de sus propios compañeros. Eso sí que es periodismo de vanguardia.

